Una de esas primeras veces

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Por: Priscila Macías
Crónica

you are not powerless

-“Más a la derecha. Más. No tanto. Ahora un pedacito más a la izquierda. Ahí.” Decía con voz casi mecanizada la señorita de cabellos en forma de “S” que atendía a los primerizos en el módulo, del aquel extinto, IFE. Si bien algunos jóvenes conciben la mayoría de edad como una necesidad para liberarse de ciertas normas puestas por los padres, otros la comprenden como una oportunidad para ejercer la responsabilidad ciudadana a través del voto.

Con gestos titubeantes y las manos inquietas esperaba en correcta posición el flash que plasmaría mi cara como revista de portada para el padrón electoral, hasta que la impresión, claro, expresó todo lo contrario. Con el rostro serio y el mentón hacia arriba, me descubrí un nuevo perfil de ‘mujer mal atendida’ que mostraría cada comicio electoral y por supuesto, también a quienes duden de mis más de 18 primaveras.

Llegó aquel domingo de julio donde todo el entramado político se renovaría. El unánime aire sacudía las copas de los árboles que daban sombra en la cochera de Doña Guadalupe. En un espacio de no más de 3 x 3 se instalaron dos casillas para votar; había una gran mesa rectangular, varios vecinos con el ansia viva esperaban a los electores que con ojos como platos llegaron dispuestos a renovar su ciudad. La fila no era demasiado larga, pero el tiempo se volvía como chicle al sol y un infortunado lo pisa por la calle.

votes for women

A dos pasos de mí, un hombre encorvado y de camisa a cuadros me hacía sombra con su estatura. Con paso firme y las manos presurosas dejó su bastón para identificarse. Recibió y barajeó las boletas de votación cual experto en el arte de las cartas, seguramente de más de cinco sexenios databa su experiencia con las urnas.

Una mirada al sol, dos pasos: Yo era la siguiente. Traté de mentalizar los agiles movimientos de mis compañeros de fila al tomar las boletas y doblar en un perfecto cuadrado su voto. Respiro. Saqué (como adulto, ahora sí) mi credencial y me muestro al mundo con seriedad en el  rostro y el mentón pa’ arriba. Me ofrecen las boletas cual verduras en el mercado y tomo sin cuidar la delicadeza de mis pasos todo lo ofrecido. El último miembro de la mesa me miró de soslayo acentuando con la ceja izquierda que era mi turno de pasar a la casilla.

Sin contar los pasos abrí la cortina de plástico blanco que guarda el secreto de los votos. Fue como re-abrir la caja de pandora, pues desde que mis piernas respondían a mis berrinches acompañaba a mi abuela a votar y siempre guardó con recelo lo que había dentro de las casillas. En 2012 la curiosidad se me derritió entre los dedos; sólo era una mesa tipo rectángulo mal parado, construido por ligeras medidas que permitían tachar las boletas. De manera torpe tomé el crayón negro y comencé a tachar una por una las opciones ofrecidas.

Con boletas bajo el brazo una regordeta gota de sudor trotó veloz por mi frente, suspiré; más sudor. La ranura de las urnas parecía demasiado pequeña y doblé mi voto de forma poco ortodoxa, uno de los observadores de casilla tomó un lápiz y con él acomodó suavemente la expresión de mi pésima papiroflexia. Levanté el ceño y escuché a la comisura de sus labios bajo la consigna: “La siguiente vez debes mejorar”. Con un caminar airoso tomó la tinta e imprimió mi dedo.

Sin voltear atrás, regresé a votar como una de esas primeras veces y mi pulgar sigue siendo testigo de las cosas que le cambiarán la cara a la ciudad.

please vote

 

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