Los suplicios de ganar… kilos

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Estaba deslizando el cubito de metal por la pista de números de una vieja báscula y en instantes se me desbalanceó la vida. Llegué de mi viaje con tres kilos extras de grasa prensada en mi cuerpo, mis michelines presumibles que con alegría y optimismo por fin rellenaban los surcos de mi ropa.

Pero hace unas semanas estaba dispuesta a dar de nueva cuenta ese paso final sobre la tarima que mide en gramos las tallas de mi cadera. Me quité el reloj, los anteojos, la chamarra y los zapatos. Primero subí un pie, después incorporé todo el cuerpo sobre el balancín de la báscula, como si surfeara las olas más tranquilas del pacífico; en el equilibrio esperaba mi entusiasmo como si haya aprobado una asignatura (la más difícil de la vida) y… la reprobé. Suspiramos al tiempo mi nutrióloga y yo.

Tomé la trenza de mi cabello y acto seguido, bajé de la báscula y volví a subir desde cero, quizás ese aparatejo necesitaba respirar para que me diera el resultado esperado: no bajar de peso. Y mi grasa no se manifestó para sustentarlo. Bajé 5 kilos sin previo aviso, 5 kilos abajo de tres que subí. ¿Acaso eso no es un complot de grasas, proteínas y nutrientes engordativos?

Me imagino que sí.

Mi nutrióloga además de tener el don de la paciencia, me consiente con planes alimenticios variados y efectivos, subir un kilo es un logro en conjunto; ¿bajarlos? Solo me bastan dos semanas de estrés, entre el cambio de casa y nuevos proyectos, llegó el descuido alimenticio y recurrí a los tacos, lonches o pizzas que satanizan las madres para que me sucediera el no-milagro de la baja de peso. Cada que aprisiono la quincena víctima de algún alimento producto del antojo, olvido mi meta de los kilos extras y saludables.

El manjar de los tacos envueltos en grasa, contrario al efecto que le hacen al mundo, mi cuerpo es inmune a sus resultados; ¿hamburguesa con papas gajo? Sí, podría comerme dos, lo he hecho, y mi cuerpo continúa en el estado de reposo sin activar lo adiposo de sus tejidos. ¡De qué me sirve tal antojo si mi cuerpo se inmuta ante las grasas que me ofrece el mundo de las gorduras! De nada sirve.

Pero una vez más di el nuevo primer paso hacia los escalones del peso ideal, para alguien tan petite debería ser sencilla la vida a la hora de enfrentarse a las tallas, a los zapatos siempre amplios y al aparentar la edad que nos describe en la credencial oficial, pero no es así. Regresé a por mi plan alimenticio, con gotitas de sudor en la frente, trago saliva y le digo a mi nutrióloga: sí a todo, sí a cocinar y a comer 5 veces al día, sí a ganarme en tallas la medalla de la perseverancia.

Hoy desperté en la trama de una pijama floja y enredada, mis pies como si lengua fueran se deslizan al exterior de las sandalias, mi cuerpo se contorsiona dentro de uno de mis vestidos favoritos, tratando de salvar el poco entusiasmo que nos queda por llenar sus copas. Hoy iniciamos a librar una batalla para llegar a las tallas estándar de aquellas tiendas de ropa curvilínea y que no recuerdo haber ganado alguna con total satisfacción porque pareciera que vivo en una realidad paralela a la sociedad actual, en la que personas del mundo buscan deshacerse de las caderas o de los glúteos macizos donde pepenadoras de kilos como yo, deseamos un trocito de ellas. Y a todo esto ¿Quién implantó esa obsesión por la presunción del hueso pelón que como hilos nos enreda la vida?


Fotos: Pinterest