Casa-dos casa quieren, y otras realidades

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Desde niñas nos venden la idea de que casarse es de las mejores, si no es que la mejor, opción de tu vida. Y nosotras como olímpicas soñadoras compramos la idea al precio más alto, tan alto que idealizamos el momento del ¡sí, acepto! Sin antes haber visibilizado las letritas chiquititas de la factura de venta del matrimonio.

Claro que Instagram también nos ha vendido que el amor verdadero nos llega con un cargamento de cientos de rosas rojísimas y un anillito de diamantes más caro que el enganche del coche de tus sueños. Y tras tu boda, entre llantos, amigos y familia; la luna de miel es en los más exóticos lugares que el globo terráqueo podría brindarnos. Llegar por primera vez a tu casa en brazos del fortachón y dulce marido, que el espacio te recibe entre ventanas y sofás en armonía con la paleta de colores de última tendencia y un jardín ideal para su primera mascota… es lo que miramos antes de abrir los ojos a la realidad.

dormitorio puppy

La realidad es que no he recibido flores y tampoco hemos hablado del tema de la mascota, pero hace unos meses nos regalamos el compromiso del matrimonio, tampoco pensamos en el exótico viaje a Asia o a Oceanía pero sí en ir a conocer su vida previa a mudarse de país, un viaje que nos unió en los sueños, en las sonrisas, en las muecas de disgusto y de solidaridad; y en los planes a retomar una vez regresando a la cotidianeidad de los nuevos días acompañándonos entre mis prisas y su puntualidad.

Regresar a la realidad implicó su cama individual sin muebles decorativos, un espacio justo y sin lugar para mis zapatos, un impulso a la creatividad para la organización y una oda a la frase: “donde cabe uno caben dos”. Una mesita de cama como comedor frente a la televisión, dos platos, dos tazas, un par de juegos de cubiertos; todo en dosis de dos y después una licuadora, una plancha y una cafetera. Las quincenas siempre esperadas para adicionar algo más a nuestra alacena sin puertas del estudio de soltero… Pero llegó el día y ¡habemus casa!

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La emoción empapa mis huellas digitales y con ella el contrato de renta, y después la segunda deuda: el internet, y así sucesivamente hasta dejarlas secas y con el pronóstico de ahorro más reducido. Pero imaginas los espacios a tu gusto, a tu medida y atascas tu Pinterest de ideas y recomendaciones, no hay palabras más googleadas en tu lap top que “decoración” “organización del hogar” “decoración” “reciclar y decorar”, todo un mar de ideas que arrasan con mis granitos de arena hechos islas de proyectos olvidados.

Ya tengo las llaves de mi nuevo rincón, primero aprender a abrir la puerta con seguro y sin él; después, no atascarse y por último, la prueba del ‘toc toc’ para conocer con qué ruidos te tocarán los vecinos. Imagino unas macetitas hechas con aluminio reciclado y unos cactus, mini cactucitos que adornen mi ventana que hoy está plagada de polvo y huellas húmedas del día en que firmamos.

La cocina, a manera proporcional, tiene de enorme lo que yo tengo de ganas de usarla… Deberé de dejar a la cama (por fin, para dos) sin sábanas mientras las lavamos porque solo hay un juego, lo mismo con el par de cortinas. El eco al hablar porque los muebles aún no llegarán y parece imposible llenar las cajoneras y las esquinas, el closet no me costará mucho trabajo (eso seguro), lo que sí será mediar entre su gusto exótico-geek-robótico y el mío, a base de ñoñerías.

Pero mi pequeña y explosiva hiperactividad con la decoración comienza ansiosa de colores y materiales reciclados, imaginar tus creaciones para el hogar comienza a ser más fuerte que pedirle opinión al marido en temas de pantones, telas y flores porque la maqueta perfecta adecuada al espacio ya se cocinó en mi memoria. Y respiro, recuerdo que él también tiene derechos sobre nuestra nueva casa vacía: su lado de la cama.

He de confesar que todo el halo que desprenden las palabras: hogar-matrimonio-nuestro-juntos-cocina; me hacían sentir apática, malvibrosa, postergable y engreída divinizando la vida sin el “algo más que no sea yo”. Y bueno, hoy mastico y degluto tales excesos de juicio.


Por: Priscila Macías
Crónica