¡Adiós melenas!

escrito por

Cuando el impulso me mueve a la razón y al deseo, sé que hay algo que me estira como hilos hacia arriba esperando me deshaga de lo que no me sirve. ¿Es posible medir la depresión por el tiempo que pasamos sin depilar nuestras piernas? Creo firmemente en que sí. En realidad, nos deshacemos o exaltamos nuestros hábitos de belleza como un escudo protector para no mostrar las vicisitudes negativas que nos han rodeado durante los últimos días.

Por ejemplo, si no tuviste una buena noche por más que contaste ovejas, caballos y duendes, sabemos que las ensombrecidas ojeras se posarán bajo las pestañas y también que el corrector bien difuminado desviará de nuestro día el: – ¿Qué te pasó? Te veo más flaca, cansada, ojerosa y sin ilusiones… (Sí, yo también lo escribí cantando) y uno contesta, – nada, sólo es el mal difuminado del maquillaje. Y vuelves, en silencio, al estado de tus adentros animándolos a fluir.

Pero hace un par de días aquel impulso me hizo tropezar con mi histórica e inamovible tradición de la larga cabellera y liberarme de manera física de una de mis características porque siempre lacio y grotesco, azabache y de fácil enredo entre mis pequeños aretes; mi cabello, mucho más que una extensión de mi cuerpo se ha ido en centímetros, lo corté: decidí ya no ser un cliché.

En un proceso de purificación (agradezco tanto a quien nos regaló esa palabra) se convirtió mi cita para el perfilado de ceja. Mientras estaba recostada, el chico que me atendió enredaba una hebra de hilo en sus dedos índice y pulgar, la parte media la sujetó con su boca para hacer un triángulo, enganchando el otro extremo de la hilaza en su mano derecha. A manera de podadora, pasó el hilo enredando cada vellito fuera de la línea de la ceja, uno por uno salía, brotaban de la piel con su fina raíz… los sentía, uno por uno su fin.

El dolor de la liberación que representaba el vello en mi rostro era como decir de una manera visual “estoy cambiando” y cuando cambias se activan las cargas sentimentales para deshacerte de lo que no te favorece, como las cejas mal proporcionadas. Fue entonces que una energía de voluntad y cambio se me vació en el cuerpo al ritmo del hilo podador, registraba aquel cambio a nivel capilar sin cálculo y con prisa.

Estaba por pagar cuando le dije al chico de manos suaves y de almendras en los ojos, ¿Tienes tiempo para un despunte de cabello? Asentó con una sonrisa y me cedió el paso a la silla de la histeria femenina. Siempre queremos un corte como en la foto de la web, pero no tan corto, pero que sí se note el cambio, pero que se vea igual de largo que siempre (podría ser una serie sobre ‘Lo que los estilistas callan’). Llegó la hora.

image (1)

-¿Cómo quieres tu corte?

-Córtalo. 12 centímetros. Mmm, sí, que sean 12 y no quiero ver.

Suspiré. Se resignó. Cortaba poco… – ¿segura?

Sólo cerré los ojos y decidí escuchar el crujir de las tijeras, dejar fluir la necesidad de deshacerme de todos los centímetros de cabello que me han acompañado durante varios años, aquel que cargaba a manera de orzuela mis experiencias e inhibiciones, quizá por eso me pesaba tanto pero no paraba de sentir la nueva libertad cada que caían largas y espesas mechas negras. Suspiraba, sabía que después de tal acción mi imagen ya no dejaría aquella sensación tras beberse el mismo café… descafeinado: sin sabor.

Liberé años y vida, purifiqué mi melena y con ella los tiempos caóticos volverán a llenarse de cafeína y Chai. Porque como me recordó Paulina, evocando a Coco Chanel: Una mujer que se corta el pelo está a punto de cambiar su vida.


Por: Priscila Macías
Artículo